—¡Hemos terminado!
—¡Hemos concluído!
Lucía y Andrés continuaron el paseo muy serios y sin volver á cruzar la palabra.
Detrás de los novios, á cierta distancia, iban las respectivas mamás, hablando de lo mal que está el servicio; en último término, los papás discutían acerca de lo mal que está esto.
Ambas familias tenían estrecha amistad, desde muchos años atrás, y puede decirse que Lucía y Andrés eran novios desde que tuvieron edad para pensar en ello.
Engolfados en la conversación los progenitores, no se enteraron de lo ocurrido á la enamorada pareja, hasta que, terminado el paseo y llegado el momento de despedirse, observaron la frialdad con que los muchachos lo hacían.
—¡Ay... qué chicos estos!—dijeron las mamás besuqueándose en ambos carrillos.
—¡Qué poca formalidad tenéis!—agregaron los papás sentenciosamente.
Cualquiera hubiera supuesto que la riña no pasaría adelante, y que ello terminaría en dulces y sabrosas paces; pero no fué así: el pícaro amor propio, la terquedad de los muchachos convirtió en montaña inaccesible lo que sólo era grano de arena.
Andrés dejó de ir á ver á Lucía; ésta, muchas veces cogió la pluma para escribir á su novio diciéndole: «Perdóname y ven». Pero otras tantas la volvió á dejar, pensando que tanta razón había para que ella le pidiera perdón á él, como él á ella: tan terco había sido el uno como el otro.