—¿Le ha dado á usted un aire?

Andrés, al oir que Lucía le trataba de usted, pareció volver á la realidad.

—Me ha dado una alegría muy grande al verla.

—¿Sí? ¡Menos mal! De todos modos, no sé á qué santo se alegra usted de verme.

—Porque siempre alegra ver una cara bonita.

—Le advierto que yo he venido á cobrar y no á que me echen flores—dijo Lucía agitando el triangulito de papel con la mano.

—¿Continúa usted con tan mal genio como antes?

—¡Continúo con el que tengo desde que nací!

—¡Por muchos años!

—¡Y usted que lo vea!