—¡Ah! No, señor.
—No me extraña; su marido debe estar para sopitas y buen vino.
Lucía, que comprendió que cada vez perdía más terreno, replicó con cierta acritud:
—Mi marido estará para lo que sea; pero yo no estoy para darle á usted conversación; conque págueme y ponga punto final.
—¿No sería mejor ponerlos suspensivos?
—No, señor: final... final; porque ya me guardaré yo muy bien de volver á cobrar nada.
Andrés, algo cortado por el tono seco empleado por Lucía en sus últimas palabras, empezó á contar billetes.
Cogió Lucía el dinero que Andrés le alargaba, y con un «buenos días» muy desabrido, se alejó de la ventanilla, dejando á su antiguo novio triste y pensativo.
Lucía, en efecto, no volvió más, defraudando las esperanzas de Andrés; un dependiente fué el que, en lo sucesivo, se presentó á cobrar.