Y al decir esto, juntaba su cara con la del nene y, siempre sonriente, miraba al padre.
Por fin, quiso Dios que Andrés recobrara el habla, y hubo preguntas y explicaciones por ambas partes. Lucía había enviudado hacía poco más de un año.
Como la conversación no llevara trazas de terminar, Doña Luisa propuso que Andrés las acompañara hasta su casa. Lucía, cuando llegaron, insistió en que subieran, para darle unas galletas al bebé... ¡Era tan monín, tan salado... y tan chiquitín!...
Doña Luisa, la madre de Lucía, se llevó al niño al comedor, y ésta y Andrés quedaron solos en la sala. Andrés miraba á Lucía sin decir palabra.
—¿Te has quedado mudo?—preguntó ella.
—Me he quedado asombrado al ver lo bonita que estás; eres una viudita lindísima.
Lucía se puso colorada.
—¿Me quieres todavía un poquitillo, Lucía?
—¿Y tú á mí?