—¡Con toda mi alma; más que antes! Si tú quisieras, aun podríamos remediar pasados errores... ¿Quieres ser mi mujer?

Lucía, cada vez más colorada, y con voz algo velada por la emoción, respondió:

—Eso depende de ti.

—¿De mí?

—Sí.

—Pero tú, ¿me quieres?

—No he dejado de quererte nunca.

—No obstante, aquella mañanita del Banco...

—Aquella mañanita... yo era casada.

—Es verdad. Pero, entonces, no comprendo...