—Espera un momento.

Lucía, al decir esto, se levantó y dirigióse precipitadamente hacia un gabinete contiguo.

Hacíase Andrés inútilmente reflexiones acerca de cuál podía ser la causa que hiciera depender el matrimonio de él, cuando Lucía reapareció en la sala, ocultando en sus manos un pequeñísimo objeto.

Avanzó resueltamente hacia Andrés, y, tomando asiento frente á él, dijo así:

—¿Dices que si quiero ser tu mujer?

—¡Sí!—respondió el aludido, sin comprender en qué iba á parar aquello.

—Pues cómete esto—y Lucía puso ante los ojos de Andrés el pequeño objeto que ocultaba.

—¡¡Un caramelo!!—exclamó Andrés.

—Un caramelo, no; es el mismo caramelo de aquel día—dijo Lucía, haciendo un delicioso mohín.

Andrés vaciló un momento, miró á Lucía, miró al caramelo... y, por último, tomó éste, que se hallaba en un estado lastimoso, de manos de Lucía; le quitó el papel, como Dios le dió á entender, y echándoselo á la boca, lo mascó con fuerza y se tragó los pedazos.