—Asómate, mujer, asómate, que me estoy consumiendo la sangre.

Asomóse Micaela, como la señora la mandaba, á la ventana de la cocina, que daba á la carretera.

—¿Vienen?

—No veo á nadie, señora.

—No, si estarán tan tranquilos. Mi marido, como hoy no se ha podido sentar bajo la acacia, según costumbre, para ver ponerse el Sol, estará sentado en cualquier parte viendo salir las estrellas; y la pánfila de su sobrina, mientras tanto, estará haciendo el programa de las latas que van á tocar esta noche. Pero ¿qué haces ahí soplando y consumiendo la lumbre?

—Señorita, estoy calentando el aceite para freir la carne.

—¿Cómo quieres freir la carne sin que estén aquí? ¡Buena andaría la cocina como te dejaran á ti sola...! ¡Y buena andaría mi paciencia, si Dios no me la aumentara á diario!

—Verá usted como no tardan ni cinco minutos. ¡Bueno es el señor para no sentarse á la mesa á su hora!

—Sí: cuando está en casa, muchas prisas y mucha puntualidad...; pero cuando no... ¡Y luego tiene una mal genio... y no deja vivir á nadie...! Arrima ese puchero á la lumbre, mujer; no se te ocurre nada... ¡Ay, qué cabezas más descansadas...! ¡Así ya se puede llegar á viejo, ya...! Añádele agua: ¿no ves que se ha consumido ya la mitad á fuerza de estar cuece que te cuece?

—Si por eso lo aparté, señorita.