El repiqueteo de la campanilla de la puerta del hotel cortó el diálogo que sostenían ama y criada.
—Ya están ahí... ¿Lo ve usted, señorita?
—Sí..., sí... Pero echa la carne en la sartén y sopla, mujer, sopla; parece que te estás muriendo.
Que sonó la campanilla de la puerta del hotel hemos dicho, y lo mantenemos, porque hotel era la vivienda que albergaba á D. Sebastián y familia. Situado en las afueras de Madrid, en una de esas barriadas que llegan á formar verdaderos pueblos, con todos los inconvenientes de estos y sin ninguna de las ventajas de la capital, á cuyas puertas se hallan, no era ni mejor ni peor que otros que le rodeaban.
Se componía de dos pisos, con tres huecos por fachada; tres de éstas, ya que la cuarta daba á la carretera, estaban rodeadas por una regular extensión de terreno, en la que abundaban los árboles, de ya respetable ancianidad, que demostraban haber sido aquel hotel de los primeros que se construyeron en la barriada. Aquel terreno, que por la distribución de los árboles daba bien claro á entender que en sus tiempos fué todo, ó la mayor parte, jardín, se hallaba á la sazón dividido en dos partes, de las cuales, la más pequeña, que formaba cuesta, era la destinada á jardín; la otra era un inmenso corral.
Habitaban el citado hotel, D. Sebastián y su señora, Doña Andrea, á la que hemos visto en la cocina, en calidad de propietarios; Clotilde, la sobrina, en calidad de hija, que no era menor el cariño que sus tíos la tenían, y Micaela, en calidad de criada. Como seres irracionales moraban, en distintas partes del hotel: Minín, en calidad de gato, que, listo tenía que ser el ratón que á él se la diera; la Careta y la Niña, en calidad de cabras, á cuyo cargo corría el proveer de leche á los habitantes racionales de la casa; y un número de gallinas que oscilaba entre 50 ó 60, en calidad de buenas ponedoras, que por algo unas eran castellanas negras, y otras, cordobesas de pura raza.
Cuando la diosa fortuna en forma de herencia, puso aquel hotel, con más unos ocho ó diez mil duros, en manos del matrimonio, éste, reunido en sesión permanente, acordó por mayoría de votos el inmediato traslado de residencia.
Es verdad que D. Sebastián tendría que tomarse la molestia de ir desde tan lejos á la oficina, y que esto traería consigo el gasto del tranvía; pero bien echadas las cuentas, y mujer era Doña Andrea capaz de echárselas al mismísimo lucero del alba, resultaba que, descontada la molestia de los diarios viajes, ni el gasto del tranvía, ni algunos otros que también le seguían, alcanzaba á los 15 duros que pagaban de casa; luego el traslado era conveniente.
No era muy grande la cantidad que se ahorraban; pero unida ésta al nuevo ingreso que habría con la renta del capital en efectivo, heredado, venía á formar un total que llevaba el bienestar á la casa de D. Sebastián.