Comprendiéndolo así, éste, espíritu poco apegado á la corteza terrestre y muy dado á vagar por las regiones imaginarias, pensó en realizar alguno de sus ensueños.
Propuso D. Sebastián que del dinero heredado, y puesto que no tenían hijos—Clotilde aun vivía con su padre—, se separara una cantidad prudencial, cuatro ó cinco mil pesetas, y que se emplearan en hacer un viajecito para ver alguna de las muchas cosas que hay que ver en el mundo. Un viajecito á París, bajar luego á Italia, ver algo de Suiza. Haciéndolo con economía, 5.000 pesetas podían dar mucho de sí. Era muy triste morirse sin haber visto más que Madrid, Soria, Cadalso de los Vidrios y Carabanchel Bajo.
Ante semejante proposición, Doña Andrea puso el grito en el cielo y afirmó rotundamente que ella no se movía de Madrid por nada del mundo.
¿Qué era lo que había que ver en todos aquellos sitios? Nada. En Francia, en Italia y Suiza, no podía haber ni más ni menos que en todas partes: casas, gentes, tierra, árboles, montañas... ¿Y qué? ¿Eso valía la pena de gastarse 1.000 duros, de ir á países donde ni le entienden á uno, ni se les entiende á ellos? ¿Valía la pena de ir á padecer molestias y contratiempos, pudiendo estar tan ricamente en su casa por muchísimo menos dinero? Ni ella haría el primo, ni consentiría que su marido lo hiciera.
Inútiles fueron todas las reflexiones que D. Sebastián pudo hacerla; inútiles cuantos argumentos le sugirió su imaginación para convencerla.
En vano se esforzó D. Sebastián en hacerla ver que si la Naturaleza es una, no en todas partes se muestra igual; que si en todos los países hay hombres y mujeres, no todos tienen los mismos usos y costumbres; que sus caracteres varían mucho de unos países á otros y que, efecto de esta diversidad de idiosincrasias, son las diferentes obras que ellos han realizado y realizan: todo fué predicar en desierto. Doña Andrea no hizo más concesión que la de ir á Gijón en el próximo verano, á pasar quince días. A esta concesión respondió D. Sebastián que para ir á Gijón, más valía no ir á ninguna parte.
Resolvióse, pues, que en vista de que no se iba á ningún lado, lo conveniente era que se hicieran cuanto antes algunas obrillas de menor cuantía que el hotel necesitaba, para trasladarse en seguida y pasar ya el verano en la nueva morada.
Don Sebastián, que sólo aparentemente había renunciado á sus proyectados viajes, iba todas las tardes, después de almorzar, á inspeccionar las obras y á meter prisa á los operarios, que, si á sus ojos trabajaban con mucha lentitud, á los de Doña Andrea no hacían nada; tal era el deseo que ambos cónyuges tenían de hacer su traslado; y era la tal prisa, porque cada uno tenía sus proyectos, como pronto veremos.
Terminaron las obras, ¡que bien sabía Dios que no estaban en consonancia con el tiempo invertido!, según Doña Andrea, y llegó el momento solemne de despedir la antigua casa. Aquel día, Doña Andrea no cabía en sí de gozo. ¡No ver más al casero!
Cuando D. Sebastián se puso el gabán y el sombrero para ir á cumplir tan importante misión, había que oir á Doña Andrea:—«Le dices que nos vamos á nuestro hotel; que ahora puede subir el piso todo lo que le dé la gana, y no blanquearle la cocina ni al mismísimo Jesucristo que lo alquile; y que me alegraré que no le paguen los que vengan, y que traigan 20 chicos y perro.»