Don Sebastián tuvo que dar su palabra de honor de que todas esas cosas y otras muchas le diría al tío aquél, que porque tenía una casucha de mala muerte, se creía el duque de Medinaceli.

Verificado el traslado, surgieron algunos disgustillos, motivo de los ocultos pensamientos en el matrimonio.

Juraba y perjuraba Doña Andrea que el jardín era una lata, palabra ésta muy usual en ella.

Hacía falta mucha agua, y no la había; hacía falta mucho trabajo, si quería tenerlo regularmente, y no era cosa de pagar un jardinero.

Aseguraba D. Sebastián que su mujer tenía más razón que un santo; pero que era una cosa fuera de duda, que las flores son tan necesarias á la vida como el comer, y que, en lo que respecta al trabajo, él haría de jardinero.

Replicaba Doña Andrea que las flores eran muy bonitas para que se las cuidaran á uno y no tener que hacer más que olerlas, y que, por lo tanto, era muchísimo mejor dejar aquel terreno para las gallinas y las cabras que se habían de comprar. Contestaba Don Sebastián que él no se oponía á lo de las gallinas y las cabras; muy al contrario; que á nadie más que á él le gustaban los huevos frescos y la leche pura, aunque la prefería de vacas; pero que por nada del mundo, ya que había conseguido su sueño dorado de tener jardín, consentiría que éste se destruyera. Al fin, y tras de una lucha encarnizada, vínose á un acuerdo: hacer una división con tela metálica. Hízose así, pero pronto empezó D. Sebastián á sufrir y á renegar de su mala estrella: las gallinas, incitadas por el verdor de las plantas, saltaban la división y se daban opíparos banquetes con las flores, tan amorosamente cuidadas.

Ante sus enérgicas protestas, Doña Andrea decía que ella no lo podía remediar. Se procedió á una corta general de alas, y así pudo remediarse en gran parte el mal. No obstante, D. Sebastián, que también profesaba gran cariño á los bichos, los cuidaba y procuraba obsequiarlos de cuando en cuando, dándoles un banquete de verde.

Otro disgusto surgió con la instalación del despacho de D. Sebastián; la elección de habitación dió lugar á otra batalla; pero al fin triunfó el esposo, escogiendo una que daba al Mediodía y que Doña Andrea quería destinar á cuarto de plancha. El despacho que tenía el hotel daba al norte, y D. Sebastián no quería fríos ni tristezas. Instalóse, pues, en la pieza citada y compró grandes estantes para sus libros, que produjeron una serie de palabras admirativas de Doña Andrea, interminable.

—¿Pero si tú no tienes libros para un estante y compras tres? Pero ¿qué vas á hacer con esos armatostes? Pero ¿para qué quieres esos estorbos?