—Para libros—replicaba calmosamente D. Sebastián.
—¡Si no los tienes!
—No tengo todos los que quisiera, porque no los he podido comprar; pero ahora los compraré.
—¡En librotes te vas á gastar el dinero!
—¡En mi dinero nadie tiene que meterse!
Don Sebastián tenía una cantidad mensual para sus gastos; cantidad que ahora, á mayores ingresos, sería también mayor.
Parecían ya deslindados los campos, y normalizada la vida en el hotel, cuando hete aquí, que una mañana que Doña Andrea se ocupaba en mudar el agua á las gallinas, llaman á la puerta del jardín y se presenta una mujer preguntando si vendían huevos.
Doña Andrea quedóse algo sorprendida con la pregunta.
—¿Quién le ha dicho á usted que viniera aquí á ver si vendíamos huevos?
—Nadie, señora, no se moleste usted por eso; es que yo me dedico á comprar por todos estos sitios huevos frescos para venderlos en Madrid. Mire usted; estas cuatro docenas que llevo en esta cesta, las he comprado en aquel hotel encarnao que ve usted allí. Y la mujer señalaba con la mano uno no muy distante.