—¿De modo—dijo Doña Andrea, como quien echa sus cuentas—, que en estos hoteles venden huevos?

—Sí, señorita; en casi todos.

—¿Y á cómo los paga usted?

—A seis reales...

—A... seis... reales—dijo Doña Andrea, como hablando consigo misma.—Vuelva usted mañana y le podré dar dos docenas.

Y volvió la mujer al día siguiente; y aquella noche Doña Andrea echó sus cuentas..., y á los dos días, D. Sebastián se llevó el disgusto número uno: Doña Andrea reclamó para sí la mitad del jardín, haciendo de su petición cuestión de gabinete: era una locura tener todo aquel terreno para recreo de los ojos, cuando se podía sacar una utilidad de él: Doña Andrea quería triplicar el número de gallinas, y, además, necesitaba terreno para sembrar trigo, y que saliera mucho más barato el pienso de aquellos animales.

Don Sebastián puso el grito en el cielo; pero, al fin, como buen esposo, que vaya si lo era, tuvo que ceder, porque no dejaba de comprender que la petición de su esposa era lo más razonable del mundo: pedía la mitad nada más; era justo cederla.

Pobres plantas las que cayeron... D. Sebastián pasó casi una enfermedad.

Un año llevaba el matrimonio en aquella nueva vida, cuando la orfandad de Clotilde, sobrina carnal de D. Sebastián, la trajo á vivir con ellos como una hija.

Clotilde, muchacha de claro talento y despierta imaginación, vino á ser la bendición de Dios en aquella casa. Ella sabía ser la prosaica mujer de su casa para con su tía; ella sabía acompañar á su tío en los viajes aéreos que éste hacía con el pensamiento. Con maestría admirable, ella sabía dirimir las cuestiones que, por asuntos sin importancia, surgían entre el matrimonio, y con tal maña lo hacía, que ella se las arreglaba de modo que, sin dar la razón á ninguno, la daba á los dos; con lo que á los tíos se les caía la baba.