Por el día acompañaba á la tía en las tareas de la casa, ayudaba á cuidar las gallinas, cosía, planchaba y, en fin, hacía por tres; por las noches, gustaba de que su tío la hablara de lo que decían los libros, de otros países y de otras gentes; gustábala bucear por sus páginas y pronto les fué tomando afición. Una noche se decidió á coger una novela, y halló ser Gloria, del insigne Galdós. Sus padres nunca la habían dejado leer novelas, y sólo había podido leer algunos folletines del periódico. Aquella primera novela de la biblioteca de su tío, que leyó, produjo en ella hondísima impresión.
Pianista notable, muchas noches hacían música, tocando obras escogidas y trozos de ópera... D. Sebastián se creyó transportado al séptimo cielo con esta nueva expansión á sus sentimientos. ¡Tener libros para leer; tener una pianista en casa que pudiera hacerle oir los trozos de música deseados; tener un jardín!... ¿No era aquello una aproximación á la felicidad? ¡Una aproximación era; pero nada más!
La entrada del tío y de la sobrina en casa fué amenizada por Doña Andrea con un chaparrón de dicterios. Como quiera que el crepitar de la carne en la sartén ahogara un tanto su voz, Doña Andrea hablaba á voz en grito; cosa, por otra parte, no muy de extrañar en ella, porque defecto suyo señaladísimo, era el creer que siempre hablaba con sordos.
Don Sebastián y Clotilde dejaron que Doña Andrea se despachara á su gusto, sin rechistar, medio único para que se callara pronto, y sentáronse á la mesa, tras de un concienzudo cepillado de sus vestidos, y un minucioso lavatorio de manos.
El comedor, sito en la planta baja, abría sus dos ventanas sobre el jardín, y por ellas penetraba el aroma de las flores que tantos sinsabores costaran á D. Sebastián. Certísimo era que, al mismo tiempo que el perfume de las flores, colábanse sin pedir permiso los mosquitos, que, repartiéndose por la casa, iban á parar á las alcobas en espera de los inocentes durmientes, á los que se comían vivos; pero todo no se podía compaginar, y sabido es que todo tiene su pro y su contra.
—¡Qué bien huele!—dijo Clotilde aspirando con fuerza el ambiente.
Sonrió triunfalmente D. Sebastián; Doña Andrea tosió dos ó tres veces, y miró á su sobrina como diciendo: «Es lo único que le hace falta á tu tío: que le ponderen su obra».
—Y, á propósito, tía: mañana es domingo.
—Y qué...
—Que mañana es el primer concierto, é iremos.