—Bueno, pues me alegro mucho. Yo me aburro con esas cosas, ea. ¿Cuánto más vale una zarzuelita de esas que tienen tanta gracia y una música tan bonita?
—¡Preciosa!—dijo D. Sebastián con tono enfático.
—No, si á ti, no siendo obras de esas en que la dama, cuando se despide del galán, se lleva las manos al corazón, se estremece, como si tuviera frío, y se queda un cuarto de hora mirando al techo, sin hablar, ya sabemos que no te gustan.
Don Sebastián reía bonachonamente al oir á su mujer.
—Sí, sí, ríete; á ti, como también te gusta pasarte las horas muertas mirando al cielo, pues... ¡encantado!
—¡Claro! ¿Tú crees que se puede mirar al cielo sin sentir admiración por ese sublime espectáculo que por las noches se ofrece á nuestra vista?
—¿Qué hay en ese infinito? ¿Qué hay más allá?
—¡Lo que á ti no te importa! ¿Qué quieres que haya sino el Cielo? ¡Herejote! ¡Eso es lo que te queda de tus tiempos de periodista: ideas raras y endemoniadas! ¡Qué hubiera sido de ti, si yo no te hubiera obligado á volver al buen camino!
Don Sebastián dió un profundo suspiro.