—Sí, suspira, suspira...

—Pero ¿el tío ha sido periodista?—preguntó Clotilde con curiosidad.—No había oído hablar nunca de eso.

—Sí, hija, sí: ha sido periodista... y perdía el tiempo lastimosamente haciendo versos á la Luna, al Sol y á todas las estrellas, y por eso sin duda ahora le gusta tanto mirar á los astros.

—¿Y por qué no has seguido, tío?

—¿Tú también? No siguió, porque yo le puse por condición que lo dejara y se ocupara en algo práctico. Gracias á mí consiguió un destino, por medio del director del periódico, y ahí le tienes hoy, hecho un hombre con catorce mil realitos de sueldo.

Prolongóse la conversación, mientras duraba la cena, asegurando Clotilde que el tío tenía que hacerle á ella unos versos, y prometiendo Doña Andrea que, como volviera á ver unos versos, se divorciaba.

Don Sebastián, sintiendo tal vez la nostalgia de un pasado que hacían revivir en él con aquella conversación, sonreía dulcemente y comía sin terciar en ella más que con algún monosílabo.

Agotado ya el asunto, y llegados á los postres, Clotilde miraba á su tío con cierta impaciencia, como diciéndole: «¿Qué haces, tío? ¿A qué aguardas?»

Don Sebastián, mojando unos coscurros de pan en vino, contestaba por el mismo procedimiento á su sobrina, diciéndola: «Espera, mujer, espera que me coma este pan; ahora voy, no tengas prisa».