Don Sebastián buscaba en su magín el exordio con que había de empezar su discurso, porque la cuestión era empezar; después había que dejar pasar el nublado, y, por fin, Doña Andrea vendría á razones.
Trazas llevaba D. Sebastián de no cumplir lo que con la vista le había dicho á Clotilde; pero, al fin, viendo que su mujer se disponía á dejar la mesa, rompió á hablar.
No fué nublado, sino tormenta la que tío y sobrina tuvieron que aguantar cuando Doña Andrea se hubo enterado del asunto.
«Ella era en la casa el último mono, la última que se enteraba de todo... ¡Es claro: como ella no era más que tía consorte, mal podía Clotilde contarle á ella primero las cosas! Pues, ya sabía ella que su opinión no serviría de nada, y que el consultarla no era más que cuestión de pura fórmula; pero, valiera por lo que... valiera, ella no daba su consentimiento y declaraba que era un proyecto digno de cabezas tan destornilladas como la del uno y la del otro, el pensar en casorios teniendo Clotilde tan pocos años.»
Doña Andrea, exaltándose cada vez más, concluyó por decir que ella no se haría cómplice de la desgracia de Clotilde, y al decir esto se le cayeron un par de lagrimones sobre la mesa.
Forzoso es aclarar que aquella actitud desabrida y destemplada de Doña Andrea, tenía su verdadera causa en el entrañable afecto que sentía por Clotilde. Jamás se le había ocurrido pensar que la muchacha era lógico que pudiera casarse, como ella lo había hecho, y la noticia de que un novio formal estaba á la puerta con los papeles en la mano, fué para ella una descarga eléctrica que puso en la mayor rebelión todos sus nervios.
Preciso fué que Clotilde, con mil besos y abrazos y otras tantas caricias y monerías, la hiciera ver que no menos cariño que á su tío la profesaba á ella; y no mentía al decirlo; preciso fué que D. Sebastián agotara toda su elocuencia para hacerla comprender que aquello era lo más natural del mundo y que debían esperarlo; aunque él, ciertamente que no hubiera esperado nunca que hubiera un valiente capaz de ir tan lejos para ver á la novia. Después de un mérito como éste, sería cruel negar la entrada en casa al muchacho.
Doña Andrea, ya más tranquila, se enteró de las bellas cualidades que adornaban á Felipe, y su condición de hombre trabajador hasta la ponderación, acabó por granjearle su buena voluntad.
Quedó, pues, convenido que Clotilde haría al día siguiente la presentación de su novio, y que, todos juntos, irían al teatro por la tarde; D. Sebastián tomaría las localidades en Apolo; no hubo más remedio que acceder, en cuanto al teatro, que fué designado por Doña Andrea.
Aquella noche no se hizo música; D. Sebastián se agarró á un libro, poniéndose á leer sobre la mesa del comedor; Clotilde se puso á trabajar en una labor, y Doña Andrea se fué á la cocina á tomar la cuenta á la Micaela.