—Felipe es bueno—dijo Clotilde sonriendo al oir el tono de convicción de su tío.
—¡Quién lo duda! Pero es el caso que tu marido no habla ni deja hablar más que de pedidos, de remesas y de tantos por ciento; que al casarse no pensó, á lo que se ve, en hallar la dulce compañera que sabe dar consuelo en los trances apurados y prestar aliento en los desfallecimientos que se sufren en la diaria lucha por la vida, sino al representante de una fábrica ó al encargado de un almacén á quien comunicar notas y más notas, pedidos y más pedidos.
Es verdad que tu marido no necesita consuelos, porque no tiene aflicciones; ni alientos para colocarle una partida de camisetas de abrigo al mismísimo Preste Juan, porque le sobran; pero tampoco es para que llegue al extremo de suponer que tu única aspiración en este mundo es que te encargue de escribir sus cartas comerciales.
Calló breves momentos D. Sebastián, y Clotilde dió un nuevo suspiro.
—¡Pobre niña!—continuó diciendo aquél.—Tú, tan buena, tan cariñosa; tú, cuyo corazón rebosa de amor, de ternura, de dulces anhelos de comunicación espiritual con el ser amado, te ves privada de dar expansión á esos bellos sentimientos que, acumulándose en tu pecho, te ahogan, te oprimen y te hacen sentir un no sé qué... ¡Ah!... Eres un bello libro de poesías que tu marido no se ha ocupado en hojear siquiera... ¡Psch!... ¡Así es la vida!... En cambio, otros buscan con afán, aunque no sea más que una sola poesía, una sola... y ¡nada!, prosa, hija mía, prosa á todas horas.
Un silencio prolongado reinó entre ambos.
—Qué dulce bienestar se siente aquí, tío—dijo al fin Clotilde.
—La Naturaleza es manantial inagotable de poesía; á él acudimos todos los que no tenemos fuente en casa. Hoy acudes por primera vez á ese manantial para mitigar tu sed, y á él seguirás acudiendo. ¡Hoy vienes junto á mí; mañana, cuando yo falte, seguirás viniendo tú sola!