La luz del día habíase extinguido por completo; á lo lejos se veía el resplandor del alumbrado de Madrid.
—Tú aun puedes esperar—continuó Don Sebastián.—Sois jóvenes, y tal vez tu marido cambie; aunque es de suponer que tarde, pues ya sabes que su opinión es, que mientras quede una peseta en poder de alguien, se debe trabajar para ganarla. Es posible, muy posible, que él llegue á ser dueño de todas, y entonces quizá piense que se olvidó de leerte... ¡Puede que deje las lecturas para cuando ya no tenga nada que hacer!
—Pobre tío: ahora comprendo lo que te falta para ser feliz completamente.
—¡No sólo de pan vive el hombre, Clotilde...!
—¡Ni la mujer, tío...!
—Caro te ha costado el saberlo, pobrecita mía. Recuerdas lo que te decía la tarde de nuestro paseo: todos tenemos que hacer concesiones á nuestro tipo; pero hay que ver cuáles sean éstas: las concesiones son muy peligrosas, porque una vez hechas, no tienen remedio. Yo también las hice á mi tipo, creyendo que sería capaz de despertar sentimientos que suponía dormidos... pero... ¡sí... sí...! ¿Quién es capaz de despertar lo que no duerme, ni cómo ha de dormir lo que no existe? Y no es esto lo malo; lo malo es que no hay derecho á quejarse: ellos son buenos, tal vez mejor que nosotros, puesto que son más humanos; toman la vida como es, sin preocuparse de reformarla, y así nos la dan.
—Es verdad; pero es tan agradable un ratito de poesía en la vida...
La campanilla de la puerta del jardín anunció que alguien abría ésta violentamente; pero ni el tío ni la sobrina repararon en ello: tan abstraídos se hallaban.
De aquel arrobamiento vino á sacarles la voz mal entonada de Doña Andrea, que llegó hasta ellos sin ser sentida, y que, rompiendo á hablar de pronto, les propinó un susto morrocotudo.
—¿Qué...? ¿Ya estáis viendo salir las estrellas? ¿Hay alguna nueva, ó son las mismas?