Al volver en sí los dos soñadores, hubieron de sentir, primero, dolor producido al chocar en su caída con la dura corteza terrestre, después, risa al oir á Doña Andrea.
—Tu marido dice que vayas, que dónde diablos has metido la carta que recibió ayer de Masnou y Compañía, que no la encuentra.
Clotilde, al oir que Felipe había venido, cayó en la cuenta de que, por primera vez, no había salido á esperarle á la puerta del jardín. ¿Qué le diría? ¿Le reprocharía en su falta? Clotilde sintió una gran alegría al pensar que así sucediera.
La Luna iluminaba por completo el jardín. Clotilde se dirigió hacia el hotel, mientras D. Sebastián y su esposa quedaban discutiendo; por el camino, Clotilde fué cortando rosas hasta formar un hermoso ramo, que pensaba colocar en la mesa del comedor. Ligera como una corza subió las escaleras que conducían al piso principal, y compitiendo el color rojo de sus mejillas con el de las rosas que llevaba en la mano, entró en la habitación en que se hallaba Felipe.
Éste, muy sofocado, revolvía en un mueble papeles y cartas. Al ver á Clotilde, prorrumpió en exclamaciones que denotaban claramente su enfado.
—¡Dónde está la carta de Masnou, vamos á ver: dónde está, que no la encuentro!
Clotilde, al ver aquel recibimiento tan distinto del que ella se forjara en la imaginación, acercóse al mueble en que Felipe revolvía, y abriendo un cajoncito, sacó la carta y se la entregó.
—Ya podía yo volverme loco buscando—gruñó Felipe cogiendo bruscamente la carta que le alargaba Clotilde, y sentándose ante su mesa.—¡Quién iba á suponer que la habías puesto en un sitio donde no se ponen nunca!
Felipe, sacando la carta del sobre, y un librito de notas del bolsillo interior de la americana, empezó á leer y á tomar apuntes.