Clotilde le miraba sin moverse del sitio y sin despegar los labios. Así permaneció algunos instantes.

Felipe, dejando un momento la tarea comenzada, dijo á su esposa:

—¿Qué haces ahí? Díle á la tía que á ver si cenamos pronto, que tengo que madrugar mañana y quiero acostarme en seguida.

Y dicho esto, volvió á reanudar su interrumpida tarea.

Clotilde nada respondió; llevó el ramo de rosas á su rostro, aspiró con deleite su aroma y, lentamente, salió de la habitación dejando caer de sus ojos amargas lágrimas, que fueron á perderse en los cálices de aquellas flores...


Los pescadores

Despuntaba el día cuando Pedro llegó frente á la casa de Julia. Acercóse á una de las dos ventanas que daban á la carretera y escuchó atentamente; después llamó con repetidos golpes de los nudillos. Como nadie respondiera, volvió á escuchar y volvió á llamar, esta vez, más fuerte y con mejor fortuna: una voz fresca y juvenil respondió desde dentro con un—«ya voy»—dicho en tono un tanto desabrido.

Pedro, metiéndose las manos en los bolsillos del pantalón, empezó á pasear, con la cabeza baja, por delante de la casa.

Era Pedro un guapo mozo, pescador, como su padre, con quien vivía; alto, robusto, ancho de hombros, de entre los cuales salía un recio cuello delator de no pocas fuerzas.