Mirando su rostro, que aunque curtido por el sol y el aire del mar, bien claramente decía no ser más de diez y ocho ó diez y nueve años los que tenía, sentíase una viva simpatía por aquel muchacho. Los ojos, grandes y azules, tenían un mirar noble y sincero, incapaz de expresar nada que fuera contrario al sentir de su dueño; nariz recta y afilada, boca grande, labios finos y pómulos un poco pronunciados; espesas cejas, abundante y rizada cabellera de color castaño muy obscuro, que, desbordándose por debajo de la boina, encasquetada en la coronilla, servía de juguete al fuerte norte que reinaba. No tenía pelo de barba, lo cual le daba una expresión un poco aniñada, y el bigote apenas se revelaba por una ligerísima sombra que aun no había hecho necesaria la intervención del barbero.

Vestía pantalón y blusilla de lienzo; los pies los llevaba descalzos; las mangas de la blusa, remangadas hasta el codo, dejaban ver las de una camiseta á rayas azules y blancas, que también asomaba por el pecho.

Muy contrariado parecía el mozo, á juzgar por la actitud meditabunda con que paseaba. Detúvose haciendo intención de repetir la llamada, cuando la llave, chirriando en la cerradura, anunció á Pedro que la puerta se abría. Julia, hermosa aldeana, arrogante moza que apenas hacía un mes cumpliera los diez y siete años, apareció en ella pugnando por ahuyentar de sus ojos el perezoso sueño, que heroicamente se defendía para seguir acurrucado bajo aquellos párpados que durante la noche le cobijaran.

—¡Buenos días!—dijo Pedro.

—¡Buenos!...—respondió la muchacha en medio de un bostezo que dejó ver su blanca dentadura.

Retiró con ambas manos algunos rizos de su hermoso pelo negro que acariciaban la tersa frente, y, dando un nuevo bostezo, retiróse al interior de la casa, diciendo con tono seco:

—¡Ahora vuelvo!

—¡Bueno!—replicó Pedro, reanudando su paseo.

Dos años haría para San Juan que Julia y Pedro tenían relaciones. Nada, hasta entonces, había turbado la paz de aquéllas; porque si es cierto que Julia, con su carácter altanero daba lugar á frecuentes disgustillos, Pedro sabía perdonarlos y suavizar las querellas. Pero he aquí que en aquellos últimos tiempos habíase metido el diablo por medio, y esta vez Pedro, por más que hacía, no encontraba forma de dar al olvido ni de disculpar las cosas que estaban pasando, y que muy pronto sabremos.