Julia, en vida de su madre, que del padre nada podemos decir, por desconocerlo, como lo desconocían en la aldea, iba con ella al mercado de la ciudad, que de allí á poco más de una legua se encuentra, á vender leche, manteca y huevos; después, cuando la madre murió, siguió ella sola con el comercio, no por voluntad, sino porque era el único medio de ganar el sustento; medio que á Julia le parecía harto incómodo y molesto.

El rápido desarrollo de su exuberante hermosura hizo que, desde muy niña—catorce años tenía cuando murió la madre—se viera asediada y pretendida por todos los muchachos, en su mayoría pescadores, de la aldea. Tampoco en la ciudad faltaban pretendientes á la bella aldeana; y bien fuera esto, bien que en su predispuesto temperamento germinara demasiado pronto el envanecimiento, ello es que á todos rechazaba, desdeñosa é indiferente. Tan sólo Pedro, al cabo de mucho penar, y de repartir muchos golpes para quitar rivales de en medio, consiguió ser recibido con buena cara; y esto hay quien dice que fué, no porque Julia pensara que aquél llenaba por completo sus deseos y ambiciones, sino por dejar con tres palmos de narices á todas las mozas que en la aldea se pirraban por él; que pescador más bueno, más guapo, honrado y trabajador, no le había en cien leguas á la redonda de Rodaleda, que así se llama la aldea donde nos hallamos.

Decir que Pedro quería á Julia, sería no dar idea de la intensidad de su cariño; Pedro la idolatraba, sentía por ella una verdadera adoración, y su solo deseo era casarse cuanto antes; pero ella siempre daba largas al asunto diciendo que había tiempo.

No tan gustoso como el muchacho era su padre en aquel matrimonio; mas viendo á su hijo tan enamorado, si al principio le hizo algunas observaciones, pronto dejó de sermonear, pensando que lo que fuera ello había de ser.

Pedro, siempre que el trabajo de la pesca, que hacía con su padre, se lo permitía, iba á buscar á Julia para acompañarla al mercado; si no podía hacerlo, salía á esperarla al regreso; y, en fin, cuando ni una ni otra cosa era posible, aguantaba marea hasta el anochecer.

Mostrábase él siempre cariñoso y solícito con ella; Julia, por el contrario, casi siempre aparecía indiferente á estas atenciones. Pedro, no obstante, no se quejaba, y si alguna vez ella se mostraba algo cariñosa, creía haber alcanzado el reino de los cielos.

Salió Julia de la casa llevando en sus manos un cántaro de barro y una cesta, objetos ambos que dejó sobre una gran piedra rectangular que, adosada á la fachada de la casa, hacía las veces de asiento.

Pedro cogió el cántaro y lo puso sobre el hombro; Julia, después de cerrar la puerta con llave, se puso el cesto en la cabeza, sujetándolo con una mano para que el fuerte viento que reinaba no lo derribase.

Operación muy acostumbrada debía ser esta en ellos, por cuanto su ejecución no dió lugar á discusión alguna. Emprendieron la marcha. Julia, desnuda de pie y pierna, caminaba rápidamente con paso menudito; el viento agitaba su falda de percal, ciñéndola unas veces sobre los muslos, levantándola otras lo necesario para que se pudieran ver las soberbias pantorrillas de la muchacha. Completábase el traje de Julia con una chambrilla blanca, y, cruzada sobre el pecho, modelando los turgentes senos, una pañoleta de vivos colores que enlazaba sus puntas sobre la cintura, en la espalda. El pelo, de un negro brillante, con reflejos acerados, caía peinado en dos grandes trenzas que unían sus extremos por una ancha cinta negra.

En su rápido caminar, la pareja iba adelantando á unos y á otros que, ya solos, ya en grupos de dos ó tres, se dirigían también al mercado; ésta, para vender lo que en la aldea sobraba; aquél, para comprar lo que no había. Aquí encontraban una que, cantando, se acompañaba en su camino; más allá, un grupo alegre y contento, del que salían francas risas y frases intencionadas. Julia y Pedro saludaban á todos al pasar.