—Difícil es hablar mal de nadie, cuando no hay algún motivo, por pequeño que sea.

Al oir esto, Julia, parándose en seco y encarándose fieramente con Pedro, exclamó:

—¿Y cuál es el motivo que he dado yo, si puede saberse?... ¿Me lo quieres decir?

—Yo no digo que tú hayas dado motivo; pero sí digo que tú ves esas detenciones con agrado, que si así no fuera... ¡ya sabrías evitarlas!

—¿Yo? Ni á mí me preocupan esas visitas, ni yo tengo por qué evitarlas... ni sé cómo podría hacerlo.—Y al decir esto, Julia reanudó la marcha.

—Tampoco yo puedo decirte cómo; pero sí puedo decirte que si tú quisieras, te sería muy fácil evitar esa casualidad de que, siempre que pasa, estés en casa.

—Demasiado sabes que no salgo casi nunca de ella; y, después de todo, no creo que ese señor sea el coco, para que yo tenga miedo de que me coma. Pararon allí el primer día, porque necesitaban agua; me la pidieron y yo se la di. Después, las otras dos ó tres veces, sabiendo que yo vendía leche, paró para pedirme un vaso; se lo di y me lo pagó de modo que con media docena de vasos que vendiera diarios á ese precio, no necesitaría darme esta caminata para ir al mercado. ¿Tengo yo la culpa de esto? ¿Voy á negarme á vender una cosa que es mi comercio?

—¡Porque tú quieres!

—¡Porque yo quiero!—replicó Julia con tono zumbón.