—¿Qué dices?—preguntó éste.

—Nada, nada; no digo nada, hombre, no digo nada... ¡Que estoy muy cansada es lo que digo!

—Como que ya estamos llegando. Ven, vamos á sentarnos en aquellas piedras; no quiero separarme aún de ti; siento deseos de hablarte, y, sobre todo, de que me hables, Julia; de oirte, de escucharte...

—Se nos hará tarde.

—No. Sin darnos cuenta, hemos traído un paso tan rápido, que seguramente habremos ganado más de quince minutos. Mira: el Sol aparece ahora por la cima del monte Padruco, y otros días ya está más de una cuarta por encima de él. Ven, Julia, vamos á sentarnos un poquito.

Julia, no atreviéndose á contrariar á Pedro, dejóse llevar por él y fueron á sentarse en unas grandes piedras que, algo distantes del camino y próximas al mar, bajo unos árboles estaban.

Desde allí vieron pasar, poco á poco, á todos los que en el camino habían dejado atrás. Pepilla, dándoles una voz, hubo de decirles con semblante risueño:—¡Eh!... ¿Veis cómo no por mucho correr se llega antes?—Y dando una alegre carcajada, siguió adelante.

Pedro, sin hacer caso de nadie, hablaba á Julia.

El viento había calmado, y la mañana se anunciaba tranquila y apacible. El mar, á pocos metros de distancia, saltaba blandamente sobre las rocas formando blancas cascadas de espuma y humedeciendo el ambiente. El Sol, lentamente, con temor, como chico que jugando al escondite asómase tras de una esquina, aparecía por detrás de la cima del monte Padruco, que separa á Rodaleda del valle de Santa Feliciana, y que forma el último eslabón de la cadena de montañas que cubre aquella región.

Pedro hablaba cada vez más apasionadamente; Julia, con la mirada perdida en el espacio, como si contemplara un algo muy lejano que su imaginación forjara, parecía no prestar atención á lo que Pedro le decía.