—Tengo ya ahorrado lo que necesitamos para casarnos y aún más. ¿Por qué retrasar nuestra felicidad?—decía Pedro.

—Porque es cosa que debe pensarse mucho.

—¿Que debe pensarse? ¿Para qué dudar en coger la dicha, cuando sólo depende de nuestra voluntad? No, Julia de mi alma, no esperemos más; no hagas que ahonde en mi corazón la espina que llevo clavada en él, al pensar que no me quieres.

—Pues si esas espinas se te clavan ahora, ¿no son de temer las que se te puedan clavar luego?

—¿Luego?—exclamó Pedro con asombro.—¿Y por qué se me ha de clavar ninguna, siendo ya mi mujer? Si te casas conmigo, ¿á quién vas á querer sino á mí?

—Tampoco quiero á nadie ahora más que á ti..., y sin embargo...

—Ahora aún eres libre para que yo pueda perderte, y la idea de que alguien pueda robarme tu cariño me enloquece hasta el punto de hacerme pensar que el que lo lograra no gozaría mucho tiempo de su robo.

Y tal entonación de fiereza dió Pedro á sus palabras, que Julia, asustada, hubo de exclamar:

—¡Ay! Por Dios, Pedro, no pongas esa cara ni hables de ese modo..., que no viene á cuento.

—Es que tú no sabes lo que te quiero, Julia; es que tú no sabes que por ti ni vivo ni sosiego.