—Pues vaya un modo de querer... ¡Por Dios!
—¡Si vieras, Julia, qué deseos tengo de verte allí, en nuestra casita, en aquella que mi madre llenó de felicidad y de alegría, mientras vivió; en aquella que ahora permanece triste y silenciosa, comunicándonos á mi padre y á mí su tristeza y su silencio! Ven, Julia, ven allí, á nuestra casa, á la que albergó el amor de mis padres y que dará albergue al nuestro; ven á ocupar el puesto que dejó vacío mi madre, á ser el consuelo de mi padre y mi alegría.
Julia, emocionada por las tiernas y cariñosas palabras de su novio, había inclinado la cabeza sobre el pecho.
Pedro rodeó con un brazo la cintura de su novia y la estrechó contra su pecho con amor.
—¿No me respondes nada?—decía acercando su cara á la de ella y acariciándola apasionadamente las manos que cruzadas sobre la falda tenía.
—Qué quieres que te responda, Pedro; ya iré, ya seré tuya..., ya te lo he dicho mil veces; pero ¿qué falta hace precipitarse?
—Pero ¿me quieres?... ¿Verdad que me quieres mucho?
—¡Qué tonto!... ¿Cuántas veces quieres que te lo diga?