—Muchas, Julia querida, muchas; porque cuando te lo oigo, yo no puedo decirte qué es lo que siento, pero me dan ganas de reir, de bailar...
—¡Qué chiquillo eres! Pero vámonos ya, que lo menos hemos estado aquí una hora, y voy á llegar tarde á casa de las parroquianas.
—Espera un momento.
—¿Para qué?
—Para una cosa.
Y Pedro, risueño, contento, alegre como un niño, sacó con gran misterio un pequeño envoltorio del bolsillo del pantalón.
—¿Qué es eso?—preguntó Julia con curiosidad.
—Una cosa que tengo para ti hace varios días.
—¿Hace varios días? ¿Y por qué no me la has dado antes?
—Porque... porque...