—¡Porque ya estarás convencido que eres un solemne tonto! ¿Qué es?

—Mira—dijo Pedro con aire de triunfo, desenvolviendo lentamente el paquetito.

—¡Un collar de corales!—exclamó la bella aldeana dando palmadas con infantil alegría.

—De corales, eso; de corales finos; los mejores que pude encontrar, que por algo eran para ti. Hace tiempo que tenía metido en la cabeza que su color rojo había de sentar muy bien sobre la blancura de tu cuello, y el otro día los compré.

—Trae... trae acá que me lo ponga.

—No; te lo he de poner yo.

—Tú no sabes.

—¿Que no? Vuélvete un poco.

Julia volvióse de espaldas á Pedro y con ambas manos retiró la pañoleta, dejando al descubierto la blanca nuca. Pedro, pasando con una mano el collar por delante de Julia, lo abrochó, ajustando el torneado cuello; al mismo tiempo, temblando de emoción y con sumo cuidado para que ella no lo advirtiese, se inclinó, conteniendo la respiración, y dió un beso en aquellas divinas carnes.