Julia, estremeciéndose, se levantó rápidamente dando un ligero grito: era el primer beso que su novio se había atrevido á darla.

Rojo, como los corales del collar, se puso el muchacho, quedando sin atreverse á levantar la vista hasta Julia, de la que esperaba algún duro reproche; pero ésta nada dijo. Después de un breve silencio cogió la cestita, exclamando con alegre tono:

—¡Vamos, Pedro, vámonos ya!

Pedro, al ver que Julia no le reñía por su atrevimiento, levantóse alegremente, púsose el cántaro de leche al hombro y empezó á caminar junto á su novia.

Al llegar á la ciudad despidiéronse en el sitio acostumbrado. Pedro entregó el cantarillo á Julia, y ésta se fué á recorrer las casas de los clientes, quedando en reunirse en el mercado, donde Julia iba á vender los restos de su mercancías, cuando los había, lo cual no solía suceder.

Pedro, alegre, feliz, sintiendo aún en sus labios el cálido contacto de la carne de Julia, la vió marchar, diciéndola adiós con la mano.

Cualquiera que hubiese estado á mal con su pellejo, no tenía más que haberse puesto delante de Pedro y haberle dicho: «Julia no te quiere.» «¡Que Julia no le quería! ¿Podía habérselo dicho más claro? ¿Podía haberle dado una prueba mayor de su cariño? Ella, que siempre se había mostrado esquiva y despegada; ella, que nunca le había consentido la menor confianza, no se había incomodado, no había protestado al sentirse besar... ¿Qué más prueba de cariño? Es verdad que cuando ella hubiera querido protestar, ya no habría tenido remedio; pero, de todos modos, podía haberse enfadado, podía haber afeado la conducta traidora de su novio, y no lo había hecho; luego señal era esto de que no le había desagradado el atrevimiento de Pedro.

»Bendito collar, que había dado lugar á la realización de aquel deseo, por tanto tiempo anhelado... Si lo hubiera sabido, ¿cuánto tiempo no haría ya que lo llevaría ella puesto? Y no uno, sino veinte; que si por collares era, por eso no había de quedar; ahorrado tenía él para poder estarse besando á Julia una semana entera; y esto siendo pescador, que si fuera banquero, de brillantes como puños los compraría él para ponerlos en aquella garganta que... ¡vamos!... no sabía con qué compararla, porque él no había estudiado ni sabía de esas cosas; pero que apostaba la cabeza á que no había otra más bonita ni más blanca. ¿Es que se podía pensar que el collar fuera la causa de la mansedumbre de Julia en aquel feliz momento?» Ni Pedro lo pensaba, ni quisiera Dios que á nadie se le ocurriera suponerlo; que hacía falta ser todo lo mal pensado del mundo para poder suponer que por él no recibiera con disgusto el beso. «¡Madre de Dios! Pues si tal contento y tanto desasosiego le había producido aquel beso, ¿qué no sería cuando se le diera en la boca, en aquellos labios más rojos que los corales?»

Todo esto, y mucho más, iba diciéndose Pedro mientras se dirigía hacia la tienda en que había de comprar los menesteres de pesca que su padre le encargara el día antes.