Gran sorpresa causó al mercader la actitud alegre y feliz de Pedro; pero cuando su asombro llegó al paroxismo, fué cuando vió que no regateaba y, sobre todo, que encontraba los artículos buenos, cosa inusitada en Pedro, que todo lo encontraba malo, no porque lo fuera, sino porque así procuraba sacarlo más barato.

Aquel día no sólo lo encontraba todo de superior calidad, sino que llegó á interesarse por la marcha del negocio, deseando que éste subiera como la espuma; porque ¿qué menos merecía aquel honrado tendero que se pasaba la vida detrás del mostrador, trabajando sin descanso para mal vivir, sin disfrutar de la vida, sin tener novia—seguramente que no la tenía—y sin saber lo que eran la alegría y la felicidad?

Salió por fin de la tienda, y á pocos pasos, un pobre tullido que por piernas tenía un cajón con cuatro ruedas, le pidió limosna con voz quejumbrosa y lastimera.

Pedro echó mano al bolsillo, y sacando una perra se la dió, lamentando no ser rico para socorrerle con más largueza... «Parece mentira, habiendo gentes tan ricas!... ¡Qué corazones más duros! ¿Y cuánto tiempo llevaba así?... ¿Veinte años?... ¡Qué atrocidad! ¡Veinte años en un cajón!... Y ¿tenía familia?... ¡Claro!... ¡El ser pobre y carecer de piernas no tenía nada que ver para tener familia! Ya... ya... ¡pobrecillo!... No era necesario que le contara sus desdichas, para hacerse cargo de ellas... ¡Cuánto sentía no poderlas remediar! Si fuera banquero en vez de pescador, al mismo tiempo que compraba un collar de brillantes para Julia, le compraría á él un silloncito con ruedas, para que fuera cómodamente á pasear».

Pedro, ya que aquello no era posible, sacó otra moneda, se la dió, y deseándole muchos corazones blandos que se compadecieran de su desgracia, se alejó con paso rápido.

Apenas se había separado del pobre, cuando tropezóse con un marinero, el cual nunca ó casi nunca había cruzado más palabras con él que algún «adiós, Fulano», dicho con el tono de indiferencia propio de un conocimiento que no llega á la categoría de amistad. Verle y pararle, todo fué uno. «¿Cómo van los negocios?... Y ¿quieres refrescar? ¿No?... Bueno, pues adiós, chico; que te conserves tan bueno.»

Y Pedro siguió su camino sin poder explicarse que las gentes puedan pasar unas junto á otras sin saludarse siquiera, por el solo hecho de que no se conocen... ¿Qué falta hace conocerse para saludarse, para abrazarse... para decirse unos á otros si son felices?

A poca distancia suya acertó á pasar una parejita muy acaramelada. «Mira ése qué tonto—pensó Pedro—; lo menos se ha figurado que su novia es guapa... ¡Qué sabrá ése lo que es una mujer bonita!»

Así divagando, Pedro llegó hasta el faro del puerto, que era el paseo que se daba siempre que acompañaba á Julia, para entretener el tiempo y dar lugar á que fuera la hora de ir á recogerla.