Aquel día, al llegar, descendió saltando por las rocas hasta una algo elevada, próxima al mar, y se sentó en ella.

Pedro, encariñado con el mar como si fuera una segunda novia, contemplábalo con arrobamiento, sonreía al ver su obstinada terquedad de combatir á la tierra como á eterna enemiga, que le mantenía encerrado dentro de sus límites. El mar, como si quisiera demostrar á Pedro la alegría que le causaba el verlo, arrojaba hasta él sus espumas, que le mojaban. Largo rato pasaba allí Pedro otros días, que no menos de dos horas tardaba Julia en despachar á sus parroquianas; pero aquél, la impaciencia hacíale tomar por horas los minutos que pasaban, y pronto emprendió el regreso; ni siquiera fijó su atención en una airosa y fina goleta que con las cangrejas de sus dos palos desplegadas, enfilaba la entrada del puerto. En aquellos momentos Pedro no podía fijarse más que en la imagen querida de Julia, que por todas partes se le representaba: reflejada en las aguas, en el ambiente, dibujada por las sombras de los árboles, de las hojas, que los rayos del Sol siluetaban en el suelo. El canto de los pajarillos, Julia decía; Julia, murmuraba el viento, y Julia, susurraba el mar; Julia, en fin, decía la Naturaleza toda, que lucía aquel día sus más bellas galas en honor de la bella aldeana.

Un rayo no hubiera cruzado el espacio con más rapidez que Pedro desanduvo lo andado.

Llegó al punto de cita, jadeante, sin aliento y, claro está, la muchacha no solamente no había llegado, sino que aún tardaría un buen rato, si es que el reloj de una tienda en que Pedro miró la hora, marchaba bien, cosa que á él le pareció muy dudosa.

Pedro empezó á pasear las calles mirando los escaparates de las tiendas, leyendo los letreros de las mismas y sacando mentalmente de ellos las letras que formaban el nombre de su novia; metióse por el muelle, volvió á la población, pasó veinte veces por el lugar de la cita y, al fin, vió á Julia que con el cantarillo y el cesto se dirigía airosa y gallardamente hacia el mencionado lugar. El corazón del pescador dió dos ó tres volteretas en el pecho.

—Creí que no venías nunca—dijo el muchacho haciendo un verdadero esfuerzo para despegar los labios.

—¿He tardado?

—No; pero es que los minutos hoy me han parecido siglos, siglos interminables que he pasado sin verte.

Nada digno de mención ocurrió en el regreso á Rodaleda, si no es la alegría creciente de Pedro al verse nuevamente al lado de ella, y un cierto azoramiento, algo así como inquietud y sobresalto, en Julia. Esto, bien se echaba de ver al primer golpe de vista; pero no se hallaba el enamorado pescador en condiciones de ver nada que pudiera ir en detrimento de su novia.

Poco, ó nada, hablaron por el camino; pero, á juicio de Pedro, esto era lógico: si él sentía todavía la vergüenza de su atrevimiento, ¿qué no le pasaría á ella? No obstante, no sería muy aventurado afirmar que el pensamiento de Julia hallábase muy distante de aquel acontecimiento. Su mirada dirigíase constantemente hacia el mar, por el que vagaba con ensueños ignorados.