Despidiéronse frente á la casa de Julia, situada á la entrada de la aldea entre la carretera y el mar, y Pedro se fué á la suya dando saltos y cabriolas como un chiquillo; actitud que produjo no poco contento á su padre, el señor Jaime, que desde hacía tiempo siempre le veía triste y taciturno.

Sentáronse á comer padre é hijo; durante la comida, Pedro habló sin dar tregua ni descanso á la lengua.—Había que ir pensando en agrandar la casa y en arreglarla un poquillo, porque la boda sería ya pronto, muy pronto; sólo era cuestión de un par de meses el que Julia estuviera allí, entre ellos. Ahora que el tío Roque, el albañil, no tenía nada que hacer, era cosa de aprovechar la ocasión para poner la casa blanca como una paloma que se hubiera posado en lo alto del acantilado en que aquélla se hallaba situada.

Comía el padre lentamente, pensando para sus adentros sabe Dios qué cosas, y dejaba decir á su hijo, asintiendo á todo, gozoso de verle tan alegre y satisfecho.

Aquel día fué para Pedro un día único en su vida; jamás, en sus pocos años, había pasado otro mejor ni más risueño.

Bien hemos hecho en decir que este día fué único en la vida del pobre Pedro; porque es lo cierto que desde el siguiente empezó para él una era de pesares y tormentos, que acabó para siempre con su breve alegría.

Al día siguiente le faltó tiempo al hijo de la Pepona para irle con el cuento á Pedro. El hijo de la Pepona, que aunque había cumplido los once años apenas representaba siete, según lo encogido y raquítico que estaba, era el encargado de dar al pescador las malas noticias.

El pilluelo, dedicado á vagar todo el día por la aldea, sin ocupación de ningún género, enterábase de todo lo que pasaba en ella, y era sabedor de lo que le ocurría á todo bicho viviente. Su madre, dedicada unas veces á lavar ropa, otras á llevar pesadas cargas al mercado de la ciudad, otras, en fin, á pedir limosna, no podía ocuparse gran cosa de él, y, atendiendo al aspecto enfermizo del mucho, mandábale á la carretera á implorar la caridad de los que pasaran; pero Pascualín, que este era el nombre del chico, no se tomaba esta molestia y agradábale más enterarse de todo lo que no le importaba; por eso estaba tan al corriente de los asuntos de Pedro.

El asunto de aquel día era un asunto que se repetía por cuarta ó quinta vez: el automóvil había estado parado frente á la casa de Julia; el señor se había apeado y había estado sentado en la piedra aquella que estaba junto á la casa, hablando con la muchacha y bebiendo un vaso de leche.

Lo peor de todo esto es que ello sucedía siempre cuando Pedro, con su padre, estaba en la mar... ¡Parecía que alguien le avisaba al maldito señorón aquel!

Aquella situación no podía continuar, y Pedro, resuelto á que terminara, se encaminó á casa de su novia. Se hacía indispensable que ella fijara una fecha definitiva para la boda, ó Pedro no respondía de tirarse de cabeza al mar, ya que no lograba echarle la vista encima al bandido que venía á turbar su felicidad.