Resistióse la muchacha cuanto pudo á la pretensión de Pedro; dió evasivas que bien á las claras demostraban la batalla que se libraba en su alma; pero Pedro estaba ciego. Por último, viéndose ya acorralada por la insistencia de su novio y no queriendo, al parecer, dar respuesta alguna categórica, en aquel día, quedó acordado que al siguiente, cuando Pedro regresara de la pesca, resolvería en definitiva.

Inquieto y nervioso durmió Pedro aquella noche; la bella aldeana no pegó los ojos ni un solo momento.

Llegó el nuevo día... y llegó el momento en que padre é hijo regresaran de la pesca. Pedro, no bien puso el pie en tierra, dirigióse precipitadamente á casa de Julia. A pocos pasos de distancia, y sentado en el suelo, vió á Pascualín que con un dedo hacía exploraciones en las narices. Pedro no pudo reprimir el gesto de desagrado que provocara en él la vista de aquel chiquillo que siempre le anunciaba malas nuevas.

Llegó á la casa; la puerta estaba abierta; acercóse á ella y con voz apagada llamó:—«Julia... Julia...»—Nadie le respondió.—«¡Julia... Julia!»—volvió á llamar con voz más recia. Por respuesta obtuvo el mismo anterior silencio. Pedro sintió que el corazón se le paralizaba y que la sangre, al huir de él, se le subía á la cabeza.

De pronto, á sus espaldas, sintió el rezongar de una voz gangosa que le hizo girar rápidamente sobre los talones. Pascual, metiéndose en la boca el mismo dedo con que momentos antes hiciera atrevidas exploraciones en las narices, se hallaba en pie á poca distancia de Pedro.

—¿Qué dices, muchacho?—preguntó el marinero, sintiendo deseos irresistibles de lanzar á Pascual por los aires, con un formidable puntapié.

—Que Julia no está en casa—replicó el muchacho sin sacar el dedo de la boca.

—¿Qué has dicho?—volvió á preguntar Pedro, con voz que aterrorizó al pilluelo.

—Que no está...—repitió éste, dando algunos pasos atrás.

—¿Que no está? ¿Has dicho que no está?