—Sí—contestó Pascual, que, al ver la actitud de Pedro, empezaba á lamentar para sus adentros el haberse metido donde no le llamaban.
—Ven aquí, hombre, ven aquí—dijo Pedro, al ver que Pascualín seguía reculando disimuladamente—; ven aquí y no tengas miedo, que no te como.
Tranquilizóse con esto un poco el chiquillo, y, aunque tímidamente, avanzó hacia Pedro.
—Díme: ¿ha salido á comprar algo?
—Yo no sé...
—¿No iba sola?
—No, señor.
—Pues ¿con quién iba?
—Con el señor ese del automóvil.