—¡¡Eh!!—rugió Pedro.

Pascual, al oir el grito de Pedro, pegó un salto que hubiera envidiado el más consumado mico, y se dispuso á echar á correr; pero no pudo pasar del ademán, porque las garras de Pedro cayeron sobre él y se lo llevaron por el aire á la piedra que servía de asiento; una vez allí, vióse prisionero entre las piernas de Pedro, é imposibilitado de intentar nuevamente la evasión.

—Toma una perra... y no te asustes; me vas á contar todo lo que ha pasado; pero sin que se te olvide ni el más mínimo detalle: si así lo haces, te daré otra perra; de lo contrario, haz cuenta de que te tiro de cabeza al mar, para que no vuelvas á envenenar á nadie con tus historias.

El chico, cobrando algunos ánimos con el aliciente de la otra perra, y limpiándose los mocos con el único pañuelo que tenía, que era la manga de su camisilla, sucia y rota, dijo que sí con la cabeza.

—Vamos á ver: ¿hace mucho tiempo que salió Julia?

—Sí. Vino el señor ese en el automóvil, se sentaron aquí y estuvieron hablando; después, él la abrazó...

—¿Y ella?... ¿ella...?

—Ella no quería que la abrazara.

—¿Y después? Vamos, hombre; acaba ya de una vez...

—Después, él la llevó al automóvil...