¿Ya ven vdes. todo eso? ¿Ya se han fijado en que mucha gente habla español ó francés ó italiano, de modo que yo estaba en plena aptitud de comprenderlos? Pues bien; mi estancia en California fué un perderme incesante, una eterna desviacion de mi objeto, una tergiversacion como una enfermedad, porque no solo confundia las calles sino las casas, y no solo las casas sino las personas, dirigiéndome á unas por dirigirme á otras, con una diabólica perseverancia.
En cuanto á las calles, queria dirigirme al Sur, y de fé resultaba muy orondo en el Norte; queria remediar mi error, y resultaba atascado por unos médanos del Poniente.... iba al teatro, y héteme de manos á boca á la entrada del cementerio; tomaba entónces un wagon procurando elegir el que creia tener conocido: andaba, andaba, y cuando ménos lo esperaba, habian acabado las calles y me hallaba á una legua de distancia de mi objeto. Al fin, ébrio de ira contra mi propia barbarie, con el sombrero hundido hasta las orejas y cara de simple, sacaba una peseta del bolsillo y al primer muchacho vendedor de papeles que cruzaba le decia:—“Gaillard Hotel,” y me dejaba conducir por él como un ciego, hasta la puerta del hotel, donde producian la hilaridad de mis amigos, haciéndose proverbiales mis distracciones.
Respecto de las casas, como hay muchas de una uniformidad desesperante, como hechas con molde, las equivocaciones eran más patentes. Tomaba á cada paso una por otra, tocaba la campana, me entraba de rondon, me encontraba caras extrañas, bigotudos con apetencia de descrismarme, señoras no vestidas para recibir visitas, que me ponian moro.
Y esa imperturbable corbata blanca, y ese eterno vestido negro, y ese desbarajustado sobretodo al brazo, me hacian tender la mano al más pintado y dejarlo estupefacto cuando le iba soltando un abrazo de esprimirlo.
Nada digo de los chinos: con esos se confunde todo el mundo; son como los pericos, fotografías los unos de los otros, se tiran ejemplares, se producen bajo el tema de vestidos de municion.
Con la mayor sangre fria del mundo, confiaba mi ropa, para que me la lavase, al primer chino que se me ocurria. El chino, en algunos dias, ni su luz. Entónces yo, frenético, salia á la puerta del hotel y arremetia con todos los hijos del celeste imperio, reclamándoles mi ropa.... unos ladraban explicaciones que jamás entendí; otros se enojaban; yo poseia la evidencia de que tenia entre mis manos al lavandero.... pues, señor, iba yo saliendo con un sacerdote ó con un médico.
Pero á esta enfermedad, porque no puedo darle otro nombre, que me acometió en California, daba realce y la convertia en única y en monumental, mi torpeza infinita para articular el delicioso idioma de Byron.
Habia aprendido unos cuantos nombres: tenia la necesidad de pedir agua, y decia yo, en inglés, sombrero: se reian á mis barbas, yo insistia; el yankee, muy pacífico, quitaba mi sombrero de la percha, y lo colocaba entre los platos; entónces mi furor no tenia límites, ni tenia límites la risa y el buen humor de los que me rodeaban; no habia en semejante extremidad, sino echar las cosas á la broma.
Mi carácter se sublevaba contra tanta contrariedad, y entónces se empeñaba en mí la lucha de dominar aquella situacion á fuerza de audacia; pero mi lengua se empeñaba en no ayudarme y las gentes en no entenderme, constituyendo yo solo un espectáculo grátis, una diversion ambulante.