En un dia en que me era preciso decir unas cuantas palabras á una persona que salia para México, me informé bien del nombre del muelle que yo creí saber, me lo escribieron en mi cartera y me pusieron en la calle por donde debia pasar el wagon para conducirme.
Pero es de saber que en California hay cientos de muelles y wagones por docenas, que parecen brotar de las piedras.
La hora de la salida de los vapores tiene una diabólica exactitud.
Tomé un wagon y me llevó derechito á la puerta de una iglesia en que habia millares de almas justas encomendándose á Dios. Hecho un demonio me aparté de aquel lugar; atravesaba un cupé, paré al auriga, le enseñé la cartera; el tiempo avanzaba, faltaba media hora para el plazo fatal; el coche corrió como seis cuadras, me paró en un muelle, habia gran movimiento, el cochero me pidió dos pesos y medio por haber andado diez minutos; resistí, porfié, clamé al cielo.... dí los veinte reales, me fuí al costado del buque.... ladies encantadoras, chicos riendo, canastos de almuerzo, música, aquello era un paseo en el mar.... Un chiquitin caravanista y risueño, francés por más señas, celebró mi llegada, aprestó su botella de coñac, que llevaba con un cordon atravesado á un costado,—-es vd. de los nuestros ¡que viva!—me queria presentar á todo el mundo. Yo le hice presente mi afliccion, le mostré mi reloj; por fin, lo tomó á lo serio y me endilgó con uno de los coches de retorno: yo no sé lo que le dijo al conductor, en el desastrado inglés de su uso particular; yo habia tomado las señas del muelle; ví que el cochero me extraviaba entre el tumulto de la carga y descarga de los muchos muelles; iba volando, pero me extraviaba: tiré del cordon; ni por esas; toqué, pateé, saqué medio cuerpo, y nada; el tragin lo detuvo un instante: yo lo aproveché para saltar del coche y echar á correr: el cochero dejó el coche, y culebreando por entre los carros, corria tras de mí; forcejeo.... me toma del brazo, resisto: al fin, me arranco de sus garras. La hora iba á sonar.... Atravesaba un italiano vendedor de verdura en su carrillo, en la direccion del muelle.... faltaban tres minutos.... detuve el carro, hablé al vendedor para que me llevase corriendo en su vehículo. Ir botado entre nabos y lechugas, se me resistia, entre otras cosas, porque me habria empapado. Le pedí ir en el pescante; pero el pescante era una reata atravesada de uno al otro lado del carreton: allí me senté en peligro de muerte; el carro corria dando tumbos y al desbaratarse: yo me caia; me monté á caballo en el lazo.... el italiano azotaba el caballo con fuerza.... yo abracé al auriga con un entusiasmo desconocido para las Julietas y Romeos.... coles, nabos, rábanos y lechugas se estrellaban contra mí: así entramos triunfales al suspirado muelle: banqueros y gente de buen tono que presenciaron aquel arrebato, alzaron mi nombre al cielo; y aquella atrocidad ¡quién lo creyera! fué motivo de buenas y cordiales relaciones con gente de verdadera importancia.
El círculo de nuestras amistades se extendia, y se hizo general la opinion de finura y respetabilidad de los mexicanos, entre la gente de buena sociedad. Por supuesto independientemente de mí y de la aventura de las lechugas.
En las casas del Sr. D. Guillermo Andrade, mexicano; en la de las Sritas. Rotausis, encantadoras italianas; en los salones de las señoritas francesas y judías, habia animadas tertulias, en que se tocaba, se bailaba y se tenian los goces todos de reuniones de personas distinguidas.
La frecuencia del trato con extranjeros; la conviccion íntima y universal de que la amabilidad es la primera de las cualidades de todo hombre ó señora que están en sociedad; la vulgarizacion de la riqueza; la filosofía que engendra el espectáculo de fortunas que se improvisan y fortunas que desaparecen, comunican cierta bondad á las reuniones de que no tenemos idea.
Por otra parte, la abundancia increible de mujeres hermosas, llenas de gracias y dinero, la generalidad en el bien vestir, y más que nada, la conviccion íntima de que una mujer gana mucho y adquiere una posicion social casándose, hacen que no exista esa gente uraña y montaraz que vemos por otras partes; esta muchacha aferrada á su título de rica y encastillada en su tren y en sus talegos, no se conoce, mejor dicho, seria el borron y la sombra de una buena sociedad.
Entre esas casas en que tan especialmente fuimos favorecidos, se distinguió la de la Sra. Doña Concepcion Ramirez.