Es la Sra. Ramirez, de treinta años, morena, gentil y de una grandeza de alma y una inteligencia que como que iluminan su fisonomía, como el sol cuando deja caer sus rayos sobre la nube que lo medio oculta en Occidente.
Habla el inglés con rara perfeccion, y lo que la hacia y la hace estimable á todos los mexicanos, es la exaltacion por México, que la vió nacer.
No hay mexicano desvalido que no tenga acogida en su casa; no hay enfermo infeliz que no la vea prodigándole consuelos á la cabecera de su cama; no conoce dolor del que no solicite el alivio; no ve lágrimas que no procure enjugar.
Para Conchita, la llegada de los mexicanos fué un acontecimiento y una ocupacion preferente; á todos les dispensó servicios, queria que todos disfrutásemos comodidades, que nuestras habitaciones fuesen las más sanas, nuestros sirvientes los mejores.
En su casa se nos dió la bienvenida con una tertulia espléndida.
El elegante salon en que recibe se iluminó á giorno, las jóvenes más lindas de California le daban vida, las flores más exquisitas la adornaban.
En el bassements ó piso subterráneo se sirvió el banquete.
Manjares que habrian honrado una mesa dispuesta por Brillat de Savary, vinos deliciosos, mujeres divinas, música, flores, luz: ni en la gloria.
Alternaban las marchas nacionales. La inglesa, casi religiosa; la Marsellesa, pasion y entusiasmo; la italiana, clamores y lágrimas; México, al fin, heroismo y gloria: las señoras se pusieron en pié, los caballeros tenian en alto sus brazos con sus cálices de Champaña. Conchita descubrió un objeto que estaba en el centro de la mesa, envuelto en un espeso velo, en un momento dado y.... apareció como un sol la estatua de Juarez, con la bandera nacional en la mano.... México.... ¡hurra México! repetian alemanes, franceses, españoles, judías: era como el Tedeum triunfal cantado á nuestra patria por todos los acentos del mundo.
Cuando ménos lo esperábamos, Joaquin Alcalde, encaramado en una silla, formulaba en un bríndis los sentimientos de la patria que se estaban desbordando de todos los corazones.