Las lágrimas, las risas, el repicar de las copas, el frenesí, cubrieron las últimas palabras de Alcalde, que con la instrumentacion metálica de su voz y con su accion, tan elocuente como su palabra, supo ponerse á la altura de la situacion.
Despues de Alcalde, brindamos otros muchos, en todos los idiomas, y cada bríndis era como la refaccion riquísima del placer.
—Estos mexicanos son como algunos muchachos traviesos; en la casa ajena son deliciosos.
Yo me ponia como un pavo, como tia vieja que tiene sobrinas hermosas.
Quién me elogiaba la modestia y sabiduría de Iglesias; quién la apostura y modales aristocráticos de Lancaster; quién la caballerosidad de Gomez del Palacio; quién la viveza y las simpatías que sabe granjearse Alcalde; quiénes la elegancia y la urbanidad de Alatorre y de Ibarra, y todos, el comedimiento y el buen trato de todos los otros muchachos, que, la verdad de Dios, á mí mismo me cautivaban.
Conchita cooperó muy eficazmente á abrirnos las puertas de la más culta sociedad de California.
No hay ni para qué decir que yo tuve que cargar mi cruz. Al dia siguiente de la fiesta, más de treinta albums estaban esperando sobre mi mesa las caricias de mi pluma.
Y ya que estamos en familia, como por vía de sobremesa y entre sorbo y sorbo de café, para no dormirnos, platiquemos algo de esta preciosa mitad del género humano, que á pesar de mis años, como dice la zarzuela de la Gallina Ciega, repertorio el más rico de mi erudicion, me hace tilin, tilin......
Advierto que son mis primeras impresiones, es decir, parciales, insustanciales, compuestas de las observaciones de amigos aguerridos en eso de dimes y diretes con las bellas.
—Hombre, ni te metas en esos apuntitos de pipiripau, me decia Carrascosa; si aquí, como en toda tierra en que se anda en dos piés, la mujer es el freno del gato; quítate de tapujos y de circunloquios; si son malditas, ó si no, pon: