Artículo primero: en esta tierra, mujeres y hombres, blancos y negros, muchachos y viejos, hacen cuanto se les antoja, es decir, hacen de sus cuerpos y de sus almas cera y pábilo, con tal que no estorben el paso á nadie.
Un sonorense sesudo que escuchaba atento, añadia:
—Eso que parece mentira, es la pura verdad.
—Para mí la dificultad consiste, replicaba un tocayo á quien mucho quiero, y que sin preciarse de ello, es muy entendido, en que cada grupo conserva su nacionalidad, sin dejar de participar de las que ya son manías de la tierra: va vd. al barrio francés, y está en Francia; toma su trompinell y canta su M. de Framboisy, toma tabaco el señor, y un jesuita mete la cola en la familia; pero la niña va á la matiné y deja el idioma de Racine por contestar á un my dear (mi querida), con toda su sal y pimienta.
Sazona sus macarrones la italiana y se enternece con los recuerdos de Garibaldi frente á su madona; pero como le ha escrito su swethear un precioso papelito, revuelve el diccionario inglés para endulzar la vida del nietecito de Washington.
Y la mexicana, dispone para la mesa mole poblano y chiles rellenos; pero encarga que no pique, porque su maestro de francés brama con los guisos aztecas, y bufa el yankee banquero, patron de su primo idolatrado.
—No te lo he dicho, exclamaba Carrascosa, déjate de apuntes.
—Hombre, si solo quiero hablar de la sociedad selecta.
—Maldito! aquí no hay selectos ni repulgos de monjas; aquí hay ricos y pobres.