P. fijó atentamente los ojos en aquella mujer, erguió su cuerpo sobre el sofá, y con un aire de finura y atencion irresistibles, y con un ademan en que habia respeto, súplica y mandato, se quitó una de las riquísimas mancuernas del puño de la camisa, y le dijo:

—Hágame vd. favor de ofrecer á su amiga ese recuerdo; yo libraré á vd. de todo compromiso; vaya vd. á su lado: mi coche está listo.

Atravesaron el salon los jóvenes, no sin que los siguieran algunas maliciosas miradas.

Habló P. con el dueño de la casa, y condujo á la hermosa al carruaje.

—Está vd. á las órdenes de la señorita, dijo al cochero, y se retiró sin demostracion alguna, sin un movimiento que indicase interes.

—El nombre de vd., caballero? le dijo, con el pié en el estribo del coche, aquella divinidad.

-Soy un mexicano, respondió P.

El coche se perdió en las sombrías calzadas del Parque.

La preciosa Leila no habia mentido: fuése del convite á asistir á la amiga moribunda que estaba en la miseria.

—Esos demonios son así, exclamó el españolito, gastan cada dia los cientos de pesos en alhajas y aventuras, y van á un hospital.