Apénas alumbró el dia, fué Leila á realizar la mancuerna. Sin titubear, le ofrecieron quinientos pesos.

Sea por la riqueza de la dádiva, sea por la originalidad de la aventura, sea por el poco interes de la recompensa manifestado por P., lo cierto es que Leila se apasionó perdidamente: corria las calles preguntando por Mr. Pibl, y nada de diversion ni de amoríos. El mundo elegante estaba asombrado con la conversion de Leila.

P., sea que realmente se propuso hacer una buena accion sin recompensa; sea que sus amigos le retrajeron de un empeño que pudiera haberle sido funesto; sea capricho, evitó las ocasiones de ver á Leila y se encerró en su reserva.

La linda mujer de que hablo era sin duda una de esas jóvenes de opulentas familias que caen en las redes de la disipacion y pierden para siempre nombre, padres y hogar.

Conocia su situacion, se sentia abyecta, despreciable; los puros sentimientos, sepultados en su vanidad y su locura, despertaban, alumbrándole el hondo abismo de su infelicidad; era una mártir de quien la presencia del resultado de sus extravíos, constituian su suplicio.

Una tarde recibió P. un billetito muy perfumado, en que Leila le invitaba á un té en la bahía, á bordo de un buque.

Decíale en qué punto deberia hallar un bote que lo condujera, y hacia alusion á la hermosísima vista de la bahía, á la luz de la luna, viéndose á distancia y fantástica, la ciudad con sus luces artificiales, reverberando, esparciéndose y agrupándose en todas direcciones.

P. se forjó una novela, y asistió á la cita: en el comedor del buque, á cierta hora, notó algun tragin y subió sobre cubierta, oyó los silbidos del vapor y vió movimiento como de marchar.

Preguntaba por señas qué era lo que sucedia: nadie le daba razon.

Con mil trabajos, y despues de mil gestiones, supo que en aquel momento partia para China la embarcacion.