Estábamos mi amigo y yo en la calle de Montgomery; me dejó un momento para solicitar el correspondiente permiso, lo cual es obvio en toda clase de establecimientos cuando se trata de extranjeros, y volvió diciéndome que pasase.

Descendimos tres ó cuatro escalones, en que forma al edificio gruesa muralla la misma calle, y nos hallamos en un amplio corredor, frente á una extensa puerta formada de varas de hierro.

A los lados del corredor habia dos empleados en sus escritorios.

Abriónos la puerta un caballero, así deben llamarse á los dependientes custodios, por la escrupulosidad de su eleccion y sus elevados honorarios, y nos puso al frente de un edificio, encerrado en el edificio en que estábamos, que todo me pareció de acero y bronce, y es, en efecto, de un metal á prueba de fuego, que tiene esa apariencia.

El edificio interior figura por todas partes grandes puertas; entre columnas, y de trecho en trecho, estatuas colosales de bronce y acero, figurando guerreros con sus corazas, lanzas y atavíos de la edad média, sobre sus pedestales de mármol.

El interior de ese edificio, incluso en el edificio exterior, se comparte en calles angostas, pero regulares, formadas de paredes compuestas de 4,600 huaricos ó cajones grandes y pequeños.

El techo, ó mejor dicho, la bóveda, es hecha de fajas fuertísimas de acero, superpuestas y cerradas por planchas del mismo metal; el piso es de bronce y acero.

El costo de esa parte del edificio fué de 207,000 pesos, y el valor total del establecimiento es de dos millones de pesos.

Cada individuo de los abonados tiene á su disposicion una caja en que guarda papeles, alhajas y dinero.

Posee una llave el inquilino, hecha por herrero especial, con tan ingeniosas combinaciones, que no hay dos ni semejantes, dando el artesano seguridades de todo género y completándose las guardas de la chapa tan sagazmente, que no se ha dado caso de falsificacion.