Como se deja entender, el amor anda con tanto ojo en todos estos aprestos, y desde la deliberacion sobre el punto de reunion y sobre las comidas, es deliciosa.
—Iremos al mar, decian las muchachas, hablando del Pick-nic á que voy á referirme, y ojalá nos toque un nortecito, verán qué bien arriamos velas y manejamos el timon.
—No, por María Santísima, clamaba yo; yo no soy animal acuático; vdes. quieren tener la satisfaccion de vernos ahogados.
—No, á la montaña! á la montaña!....
—Nos va á dar una fiebre.
—El lugar está elegido: vamos á Fort Point, dijo un doctor, que sabe unir á una profunda sabiduría, una amabilidad perfecta.
En efecto, fuimos invitados y tuvimos nuestro Pick-nic, en Fort Point.
La estimable familia que nos invitó al Pick-nic, es mexicana de orígen; pero la señorita de la casa nació en San Francisco, de madre mexicana, y se educó en Alemania; el doctor, que ya ha tomado la palabra, nació americano; pero ha vivido constantemente en México y es un generoso ranchero del Bajío; habia dos mexicanos, uno de ellos de educacion inglesa pur sang; otras señoritas de California, es decir, de todo el mundo, y coronaba la reunion un polaco, que así pespunteaba un fandango andaluz, como se extasiaba recitando el célebre monólogo del Manfredo, de Byron.
Eramos representantes netos del mole poblano y el pulque de piña, una señora esposa de un amigo mio, apreciabilísima, y yo, que me he exhibido bastante para tener necesidad de presentar aquí mi fotografía.
Llegaron los carruajes, coronaron el ómnibus los canastos y cajones con los pertrechos de boca, y se acomodaron nuestras compañeras con sus sombreritos de campo, sus flores, sus sombrillas y sus vestidos de lienzo leve, pero elegantísimos.