Se estacionaban dos en una magnífica fonda de la calle de Sutter, y otro iba en mi busca; al cabo de tiempo, volvia conmigo, mal perjeñado, aturdido, polvoso.... era que me habia sacado de unas barracas de gitanos, donde me habian llamado á danzarme una tarantela.... ó bien, en la inteligencia falsa de que era mason, me querian comprometer á que instalara con unos franceses un taller, negándose á creer que soy un profano de lazo y reata.
En uno de los dias de cita, me encontré que no almorzábamos en el salon comun, sino en un departamento reservado, dispuesto para corresponder con un espléndido almuerzo, el convite de un ruso que nos habia llenado de obsequios y atenciones.
Esos convites privados se hacen con toda perfeccion en los restaurants americanos; pero es preciso confesar que los franceses se llevan la palma y conservan en alto la bandera de la supremacía gastronómica.
Cómodos sillones de terciopelo; la luz vertical penetrando entre ondas de gasa blanca y color de oro; espejos, divanes, flores, con extraordinaria profusion.
Yo me habia figurado los rusos velludos, de anchos hombros, de largas cejas y ojos hundidos: un ruso como los representados en grabados en madera.
Nosotros esperábamos inquietos: á cierto tiempo, el criado anunció á nuestro convidado, que era un hermoso jóven vestido con exquisita elegancia. Pero yo apénas me fijé en el ruso, porque llevaba como colgada de su brazo la criatura más poética y angelical que puede imaginarse: sin más averiguacion, declaré en mi interior que las rusas eran las mujeres más lindas del universo.
Los rayos de sol disueltos en una atmósfera divina; la sonrisa de los cielos refugiándose en las llamas de los labios; el amor, palpitacion y vida; la ilusion hecha mirada; la pasion, encerrándose en las formas del arcángel; la voluptuosidad de la Vénus, escondiéndose tras de la inocencia del niño. Eso era aquella mujer, que nació despues de Eva; porque Eva se hubiera muerto de celos al ocupar el paraíso, si la hubiera encontrado allí.... y para colmo de sorpresa, aquella no era rusa, sino una vision celeste escapada del cerebro de Víctor Hugo, su compatriota, para mi ejercicio y mayor corona.
El ruso aquel, que me hizo abrazar incontinenti el partido de los turcos, nos presentó, con la mayor naturalidad, á su querida.
Por fortuna, el ruso elegante no hablaba palabra de español; se entendia en inglés con su adorado tormento, y nosotros hablábamos con la hermosa convidada en español.
¡Qué alegres y decidores nos pusimos todos! cómo se hizo comunicativa la alegría, y qué infieles traducciones llegaban al ruso de nuestros piropos y galanterías!