Las risas y el contento que llegaban hasta mí en ecos interrumpidos; la soledad de aquella estancia; la confidencia de dolor de aquella madre, hacian en mí profunda revolucion, y por un capricho inexplicable, tomé la pluma y derramé en el papel cuanto encerraba de amargura mi alma, cuantos sollozos íntimos estaban contenidos en mi pecho, secundando ardiente aquella imprecacion maternal, que era como un alarido de angustia que llevaba el presentimiento de la perdicion de un sér querido.

Yo no sé cuánto tiempo duré escribiendo: cuando terminaba las últimas estrofas, mis amigos se habian levantado de la mesa, y yo, concluyendo de escribir, puse al salir á la calle el álbum en manos de la deslumbradora Desiré.

Al siguiente dia, mis amigos entraron á mi cuarto azorados.

—¿Qué demonios has hecho?

—¿Qué atrocidades fuiste á escribir en el álbum de Desiré?

—¿Pues qué es lo que pasa?

—Pasa, que vas á tener un lance muy desagradable con el ruso; que te busca frenético para una reparacion.

—¿De dónde te ocurrió esa predicacion de misionero en un libro de galanterías y de chistes?

—¿Pues qué ha pasado?

—Que Desiré se retiró á su casa, leyó los versos, los releyó, y ha manifestado al ruso su resolucion de volver al camino de la virtud, al lado de la madre que la llama inundada en lágrimas, junto á la tumba de su heróico padre, y toda la sarta de barbaridades con que te quisiste lucir en tus versitos.