Rios de gentes desembocan de las banquetas de Montgomery, el Mercado y Kearny; cuelgan en las afueras de las tiendas sombreros, zapatos, lienzos y plátanos. Se roza la gente con los cuartos de carne puestos en los clavijeros; tropieza con las frutas, los cestos y los botes que están á la entrada de las Groseries ó tiendas mestizas, y no tienen las calles, con todo su gentío, el ruido que se nota en México en las calles centrales.
En las calles de California y al rededor del Sacramento, se atropella la multitud de personas vestidas de negro, que entran en bancos y depósitos: van, vuelven, transan, disputan y se pierden en la multitud, siempre corriendo, y siempre codeando y apartando á los que les interceptan el paso.
En algunas partes están regados ó amontonados muebles en medio de la calle, y entre jaulas, colchones, roperos y carruajes, se encarama un yankee, martillo en mano, haciendo un remate entre ladies y labriegos, potentados y carreros.
En tal esquina, un prestidigitador come lana y arroja llamas; en otra muestra un charlatan, con un microscopio, los arcanos del cabello ó las curiosidades de una gota de agua; allí se ven trabajar á las abejas en un panal cubierto de cristales; adelante un mono sabio dice la buenaventura á los transeuntes, y en medio de la calle, sobre un cajon de vino, boca abajo, un demócrata furibundo pone de oro y azul á las autoridades, y grita en todos los tonos que Hayes, el presidente, es un pícaro redomado.
Pero este México cantante, esta voz de las plazas y de las calles que se armoniza con el aire y la luz; que cambia con las estaciones y hasta con las horas del dia, eso extrañaba tanto cuanto no es decible.
El tenor que pregona las manitas; el agudo grito de carbon sioó; los barítonos de la cecina, y el melado y el requeson; los tenores de los mosquitos; el contralto de la sebera y la vendedora de nueces, el bajo profundo de las tinajaaas, dan voz especial á nuestras calles, educan nuestro oido de un modo particular.
Las diligencias retumban en nuestros empedrados; los simones, acentuando con la llanta floja su ruido, nos avisan su tránsito á distancia; las partidas de mulas, los carneros y los soldados mantienen en perpétua inquietud la poblacion.
En los mercados parece que las gentes riñen; ruega la india, invita como amenazante el ranchero, el varillero charla y arma plaza, el órgano congrega á los muchachos, y el cartelon de la esquina á los artesanos de poca fortuna, y á las garbanceras.
Allí los traficantes callejeros se sitúan en las esquinas, y no gritan, sino que hacen invitaciones á los que pasan.
Vénse canastos con frutas, y sobre perones y manzanas, piñas ó plátanos empapelados, fijado el precio de cada pieza.