Por halagarnos, y con exquisita galantería, nos mostró el Sr. Bancroft la historia de la guerra americana, en que el Sr. Iglesias y yo escribimos bastante, mis Indicaciones sobre las rentas generales, y mis Viajes de Orden Suprema, diciéndome para Fidel, cariñosos cumplimientos. Es de advertir que yo hace tiempo busco esa obrita para tenerla y no la he podido conseguir.

Dió el Sr. Bancroft al Sr. Iglesias mil testimonios de estimacion, haciendo la justicia que se merecen, su vastísima erudicion, su claro talento y su recto juicio.

Aquella visita fué una aparicion en espíritu de nuestros amigos más queridos; era la asistencia al juicio de la posteridad que les fingia la distancia.

Es dulce encomiar el bello clima y los claros cielos en que vimos la luz; nos enorgullece y como que se citan timbres de nobleza, cuando maravillas de la creacion se ostentan en la patria; pero nada enaltece ni ilumina al alma, como el elogio á nuestros compatriotas eminentes.

Se siente uno bañado en los rayos de sus altas inteligencias, les rinde espontánea admiracion, como que los vemos vengados del desden y de la mala suerte que frecuentemente los aflige.

Sin sombra de envidia; sin las reticencias con que suele el celo amenguar el elogio; sin la realidad de los defectos que suele exagerar nuestra pequeñez; sin los cambiantes colores con que el prisma político nos hace contemplar los objetos, se goza del astro el brillo, de la flor el perfume, del sér sublime la esencia inmortal, vencedora del tiempo; nos hacemos el grandioso apoteósis de esos obreros del Progreso, que son al fin los más grandes blasones de gloria de los pueblos.

Despues de examinar á nuestro sabor la librería, nos invitó el Sr. Bancroft á que por vía de paseo, en nuestro descenso, viéramos el establecimiento de librería que contiene el edificio, uno de los más grandiosos de la calle del Mercado (Market Street).

La librería y sus dependencias, de que nos vamos á ocupar, está situada en la calle de Montgomery, y cuando se proyectó trasladarla á la calle del Mercado, entre la tercera y cuarta calle, en 1869, estaba de tal manera despoblado aquel rumbo, que los burlones decian con cierto chiste: “Bancroft se lleva sus almacenes al campo.”

En ménos de seis años, la humilde calle del Mercado es una avenida de palacios.