¡Oh y qué atencion tan especial merecen los puertos del Pacífico! Sin los puertos de depósito en estas costas, sin las franquicias arancelarias, se perderán para siempre; no se canse vd.; la desmembracion del territorio, los compromisos de la independencia, no los procuran los yankees; los agentes de esa perdicion están en México, en las aduanas interiores, en las levas, en la bestial proteccion á la industria, que no puede tener otra más eficaz que la libertad y la seguridad.

Aquella rinconada que se ve desde aquí, es Ipala.

—Sí, señor, es el puentecillo en que han hecho tantos su fortuna.... á poco distinguimos á San Blas, encapotado sesgo entre las rocas, como si quisiera sustraerse á toda vigilancia. El clima dicen que es pésimo.

—Así, así; al que perdona la fiebre, le matan las calenturas, y al que no la disenteria; al sol se tuesta el cristiano, y á la sombra se encargan de la tarea de devorarlo los mosquitos y otros bichos.

Cuentan de un paisano que quiso venir á instalarse en ese puerto y paró en la casa de un andaluz su amigo. A las veinticuatro horas de estar en San Blas, ya ardia su alma y alzaba el grito al cielo. Quejóse con el andaluz; éste, sin chistar palabra, le tomó por la mano y le llevó al templo: le colocó frente á Señor San Blas, patrono de la ciudad; el santo está muy fresco, con su monterilla puntiaguda, su aire resuelto como el de un majo, el brazo tendido y en alto dos dedos de la derecha mano.

—¿Ve vd. ese caballero? dijo el andaluz á su amigo.

—Lo veo, ¿y eso qué me importa?

—¿Sabe vd. lo que quieren decir esos dos dedos?

—No, señor.