—Pues quieren decir.... ó aguantarse, ó largarse.

—Vdes. ven que el santo no se anda con chiquillas ni con escrúpulos de monja.

Poco despues de amanecer el 19, y en la mañana más alegre y fresca que puede darse, nos encontrábamos frente á Mazatlan.

Mazatlan se percibe á poco más de dos millas, le forma el mar una herradura inversa á la bahía que cierran enormes peñas, que dan idea como de que el mar corre entre ruinas á estrecharse con la alegre ciudad.

Las casitas blancas del puerto parece que bajan en tropel de la colina, atravesando arboledas, trepando sobre las rocas, corriendo por la playa en tumulto, llevando en alto astas, torres y banderas que flotan en los aires.

En la bahía percibimos una que otra nave; pero en cambio, multitud de botes cayucos y embarcaciones pequeñas, ya tendiendo sus velas, ya abriendo y cerrando en afanosa marcha sus remos, como las largas patas de animales acuáticos.

Dirigiéronse al vapor, como parvada de aves, algunos botes oficiales, otros rodearon el buque como hormigas un terron de azúcar....

Como he dicho, contábamos con hacer pié en Mazatlan; pero los hados lo dispusieron de otra manera, y de un modo inesperado, instantáneo, nos encontramos con que debiamos seguir á California. El cambio era súbito y la cuestion de presupuesto, entre otras, se nos presentó con toda su tremebunda deformidad.

Antes de partir, visitaron nuestra embarcacion los Sres. Kelly, Ferreira y otros nobles caballeros que nos hicieron generosas ofertas y se apresuraron á aliviar la suerte de los compañeros, que no por no aceptar sus favores dejaron de reconocerlos en lo más íntimo de sus corazones.

Yo recibí especiales atenciones de mis amigos Joaquin Redo y su esposa, honra y decoro de las matronas de mi patria; á esas personas quiero consignar este recuerdo de tierna gratitud.